
Santiago es un hastío. El bullicio compostelano divierte y enriquece al paladar sin formar pero resulta insípido cuando se levanta la vista al horizonte. Este último curso he vivido más de la mitad de las horas sentado en mi sofá, dejándolas pasar como si estuviera en una prisión psicológica sin salir, sin carrera, sin gente (eh, Rubén y Alekos fueron dos compañeros de celda maravillosos, su compañía y complicidad me ayudaron mucho). Ahora llega lo más difícil, tragar saliva y caminar hacia delante.
Yo no tengo miedo y sé lo que quiero aunque pocos lo crean.
Mi única felicidad en estos meses ha sido la comedia (aunque yo prefiero bautizarla de cuchufleta) que he estado escribiendo durante lo que va de año. Ahora me encantaría mostrarla a todos pero para eso hacen falta algunas cosas de las que AÚN no dispongo. Todo se andará, las suelas aún no están muy gastadas.
La gente no está preparada juega con la paranoia de la vigilia. En este siglo de "innovación" y "progreso" seguimos sin estar listos para asumir lo absurdo de la vida. La obra propone una visión lisérgica de lo cotidiano amparada por el refugio del sueño, donde gracias a Dios o al Diablo, nuestro "raciocinio" no puede meter mano.
Lo dicho: "Paren el mundo que yo me bajo"
