
Star Wars es un crisol de culturas intergalácticas. La riqueza argumental y la diversidad de caracteres entre los personajes nos hablan de la igualdad y el respeto mutuo como fuente de armonía. De este presupuesto tan arquetípico parte el sentido de la fuerza, energía cósmica e inagotable que en voz de Obi Wan: "nos rodea, penetra en nosotros y nos une". Sobre la fuerza hablaré otro día pero es desde esta conciencia desde donde debo partir. El heroismo no es una cualidad reservada a los Jedi, sino que a lo largo de la saga asistimos a todo tipo de proezas dignas de elogio, actos valerosos realizados por seres inicialmente anecdóticos que se tornan elementales para el desarrollo de la historia (baste como ejemplo la ya citada batalla en el artículo anterior de los Ewok en Endor o la valentía de los Gungans, comandados por JarJar en su enfrentamiento contra las tropas droides de la federación de comercio). Pero los únicos personajes que constantemente adoptan ese rol a lo largo de las seis películas de la saga son los dos droides más famosos y peculiares de la galaxia: C3PO y R2D2.
C3PO, como todos recordaréis, es un droide de protocolo histérico y esquizofrénico sometido a la indiferencia del hombre. Su cercanía a la psique humana y su estudio del comportamiento humano le permiten comprender conceptos y percibir sentimientos inicialmente incoherentes para él.

Su naturaleza artificial y su circunstancia humana chocan en su "protocolo de acción" en tantas ocasiones que resulta imposible plantearse hasta qué punto no es más que otro personaje humano más, nervioso y llevado por un profundo sentimiento de bondad. Siempre lo he considerado como un alter-ego de Woody Allen: por sus comentarios, por su curiosidad ansiosa, por su torpeza exagerada, y sobre todo, por ese tono entrecortado de la voz que nos retrata a un robot introvertido y pasivo en medio de un cambio de era. C3PO es el antihéroe al igual que Woody en la última noche de Boris Grushenko, procura evitar el conflicto, intenta mantenerse al margen de una situación que termina por sobrepasarlo y sin embargo, se mantiene.
Hasta aquí hablamos del droide dorado construído por un Anakyn niño, despreocupado y ansioso. Pero si hay alguien que merece el calificativo de héroe en esta saga, ese es R2D2.

La cosa se complica cuando tenemos que percibir el valor y la valentía en un droide con forma de cubo de basura motorizado cuyo único modo de comunicación se resume en pitidos y sonidos de sintetizador.
Pero R2 es mucho más que eso:

R2 evoca todos los valores que un héroe clásico o medieval puede mostrar: la lealtad (obvia, pues R2 se mantiene fiel al objetivo de sus distintos amos), la justicia (implícita en su compromiso por la victoria del Bien), la fortaleza (mostrada en cada lance de combate, ya sea en el cuerpo a cuerpo o desde la consola de una nave), humildad (su condición de robot lo excluyen del reconocimiento público, aunque todos sus dueños lo estiman en gran medida) y la bondad (especialmente en su relación con 3PO).
Los dos conforman un equipo inseparable, una pareja peculiar que podría emularse en cierto modo a tantas otras a lo largo de la historia del cine o la literatura: Laurel & Hardy, Rinconete y Cortadillo o D. Quijote y Sancho Panza. Su relación de amor-odio funciona como válvula de escape humorística y sirve en algunas ocasiones como detonante o germen de nuevas acciones.
Soy un gran admirador de R2D2 porque creo que sin él, nada hubiera podido llevarse a cabo: Salva la nave de la reina Amidala, salva a Anakyn de los droides zumbadores, lleva el mensaje hasta Obi Wan en el desierto de Tatooine, se une a Luke para asaltar la Estrella de la muerte, desbloquea la puerta del escudo de protección en Endor, y tantas otras proezas que no soy capaz de rememorar ahora.
Los robots dejan de ser parte del ornato para igualarse a cualquier otra raza del universo. Es una especie de reconocimiento dentro del género de ciencia ficción, una lanza en favor de aquellos personajes que nacieron como elementos accesorios y que alcanzan una importancia capital en la saga. Resulta curioso ver como se refleja el debate sobre los droides en las fricciones entre Anakyn y Obi Wan (Ni un solo chiste sobre cables!!) Aquí se refleja la espiritualidad de dos generaciones distintas de Jedis, pero eso queda para otro día.

Pd. Mañana, cuando calenteis la leche en el micro, acordaos de todo esto y quitadle esos manchurrones de ketchup del interior, se lo merece.

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