
Lo siento, ayer vi El sol del membrillo y no puedo hacer más que rendirme a la evidencia: que sencillo es el Universo (sencillo en su naturaleza) y cuanto ansiamos complicarlo. El ritmo natural que Erice adopta para captar la realidad permite comprender sin cláusulas y asimilar con deliciosa paciencia (un bien muy preciado para la sociedad del consumo y la desformación) todo el proceso creativo desde la ebullición inicial de los prolegómenos hasta la serena aceptación de la imposibilidad para terminarlo. Como en el día a día, en esta pieza cinematográfica la tensión, la alegría, la entrega, la simbiosis se contemplan de modo intrínseco, íntimo, personal.
Cuando a uno le preguntan por el argumento de este film, lo mejor que se puede hacer es fruncir el ceño y hablar de LOTR, pq no corren tiempos para el discurso interior; o eso es lo que nos pretenden vender. Victor Erice captó la existencia humana en una de sus más endebles concepciones: la de un artista unido a un membrillero, que bien podría ser la de un obrero y su andamio, o la de un niño y su caramelo, relaciones imperceptibles para el frenesí posmoderno, anhelos prohibidos para las mentes inquietas.
Os la recomiendo vivamente, si os gusta el cine y os interesa abrir vuestra mente más allá de lo que la televisión os permite, tomaos la vida con más calma y abrid los ojos.

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