lunes, enero 28, 2008

Sabor trubača

Y mi cabeza se hundió entre los hombros. La llama etílica que surcaba mi garganta serpenteando como la voz de aquella anciana gitana cicatrizaba mi alma de los tormentos que me perseguían desde Occidente. Era mi primera noche en los Balcanes, la primera tras los sentimientos arrastrados y las olas del destino. Como espantan a los perros de casa ajena, así me precipitó Occidente hacia el Este, abandonando las ensoñaciones de un sopapo y recogiendo mis dientes rotos mientras me dirigía hacia la salida.

Cuando puse los pies en tierra, sentí el calor de los rayos del Sol sobre mi frente, fruncí el ceño y deje deslizar una dulce y gruesa lágrima por mi mejilla. Ahora, una bombilla huérfana y un fluorescente moribundo confunden mi diluído sentido de la vista que apenas distingue las facciones de los presentes. El mundo gira en torno a mi ridícula mesa de pino, acelerando sus pulsaciones hasta generar un anillo de vibraciones que me eleva más allá de aquella cabaña y me conduce a través del firmamento contemplando lo futil que es la vida y lo amplio que es el Universo. Allí los ángeles tocaban sus trompetas pero no al estilo de Haydn sino como los curtidos agricultores de la Serbia profunda: con el aliento de su alma.

Y sus trompetas me devolvieron lentamente a la banqueta coja de mi taberna. Allí seguían el arrugado recorte de periódico con los campeones de Europa del Estrella Roja en la pared, los estanterías más polvorientas de todos los bares del Adriático y un grupo de gitanos pertrechados con sus instrumentos de salvación.

- Camarero, otra ronda de Vodka!!

Nada vuelve cuando todo regresa a su lugar. Las vibraciones que la tuba ejerce sobre mi nuca me incorporan sin previa consulta y lanzan mis pies por la sala levantando el serrín y amenazando espinillas prójimas. Cuando alcanzo el fondo del corredor unas semidesnudas caderas me recogen entre sus curvas y me lanzan al exterior. La noche es mía y un ronsel de trompetas y platillo marca mi dirección pero nunca jamás mi sentido. La calle jamás descansa. Como en un Santo encuentro las bandas se entrecruzan y se disputan el favor de los fieles. Los brazos se unen y las piernas al tiempo: cada discípulo guarda el tesoro del ritmo en su corazón. El mejor disolvente de la Tierra es el vodka y los pocos recuerdos que atisbes a guardar se irán entre tus dedos como las notas que antes siempre tratabas de capturar.

Ya se alza el Sol sobre el horizonte. Los bombos que bajan por la ladera se repercuten sobre la hierba fresca de la mañana. Un beso de despedida y otro trago de bienvenida, así se pasan los sinsabores en el Este.

- Camarero, otra ronda de Vodka!!

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