Durante nueve meses bajé y resucité de entre los muertos; conocí a Dios, conocí al prójimo y decidí quedarme con el segundo. Si de día vivía con 30 chicos de mi edad haciendo lo que me gustaba, de noche la soledad se colaba por la rendija de la puerta y me deseaba felices sueños con inquietud.
La vela sentado ante la ventana se ha quedado grabada en lo más profundo de mi subconsciente en forma de nocturno perpetuo. Desde entonces cada vez que me quedo sólo en la oscuridad trato de conversar conmigo mismo en busca de la complicidad desvanecida.
Adoro los claros de luna sobre el Sar.

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