
No hay nada mejor para el hombre (y la mujer) agotado que dejarse traslar por el espacio. La mayor parte de las miserias y agonías de la psique humana se acomodan en la falta de movimiento con respecto al espacio. La semana pasada recuperé el factor compostelano después de nueve meses sin comunicación. Dormir, vagabundear, trajinar de aquí para allá sin agenda ni concierto: recuperar las sensaciones de cinco años en la academia con sus doctores y sus tabernas sin mayor fin que encontrarse con uno mismo.
Todo continúa en el mismo lugar, poco tiempo ha pasado y todo se desarrolla sin que yo lo perciba: el Mosquito, los curas, los turistas mecanizados, el Chinampion y el Teletortilla. Ahora se palpa la tensión, los que ayer querían papas, hoy rebañan en mi plato y los que compartieron mesa conmigo guardan el chorizo en el cajón al oír mis pasos en el vestíbulo. Los hermanos se los ha tragado la tierra y quedamos los cuatro ratones que huímos a través del alcantarillado.

Pues en esta Compostela donde los maestros tienen miedo a lo insondable y castran a sus pupilos para que no se dispersen, en esta sede de cuervos con puntilla y ratas amaestradas se va forjando poco a poco el mayor anhelo de mi momento, una pequeña ventana para que el mundo se asome a mis ensoñaciones, una puerta dimensional al paralelo jotauviano donde lo que no vale la pena es lo único que motiva. La cosa se estrecha pero el ánimo es demasiado denso para encauzarlo, se me ha abierto el pecho y sólo deseo vida para destripar el universo.

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