Aquella misma tarde, ella se sobrecogió por la fuerza y la rotundidad con la que él tocaba su piano. Su preludio favorito de Rachmaninov no la estremecía como de costumbre, algo le oprimía el alma contra el estómago, aplastándola entre sus entrañas como una denuncia amorosa. No miraba la partitura, recorría las teclas con los dedos luchando contra un demonio invisible como si en juego estuviera su vida.
Sobre la mesilla, una partitura y una copa a la que ya siempre restaría el último sorbo. Esa fue su forma de decir adiós: junto al cabezal de la cama las dos fuentes de calor que le acompañaron hasta el umbral. Su rostro no mostraba perturbación sino la paciente y tranquila serenidad del que parte sin dejar nada atrás. Esa sinceridad desgarraba con más fuerza si cabe su doliente corazón, no podía creer lo que su fe ya no podía negar: que los sentimientos se diluyen como la acuarela sobre el papel con una velocidad vertiginosa, escapándosenos, fundiéndose entre los recuerdos de la insaciable melancolía para dejar un hueco inasumible.
Con la cabeza entre las manos, las lágrimas no cegaron su razón. Era muy evidente: Todo aquello fue el preludio.

(Escrito sobre el Preludio, opus 3, nº 2 de Sergei Rachmaninov)

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