al sentir tu calor,
esencia y humanidad
que sostienen el secreto vital,
iluminación para mis pupilas dactilares
ante tu idolátrica anatomía.
Insinuados por la Luna
los difuminados cuerpos de la penumbra
en el cristal impúdico,
el poeta presencia la revelación:
Arañas de escalofríos surcando las carnes
al caer lluvia sobre las sábanas
desde la húmeda terraza
bajo la tormenta.
- Beberé el agua del melocotón.
-perjuró él, esclavizado.-
- Culminaré las cumbres al resplandor.
-asintió ella, sumisa.-
Se perpetró el encuentro.
Y casi,
por un ínfimo instante,
volvieron Adán y Eva
al gozo desnudo,
al Edén maldito por los dioses.
J. La Vía Láctea

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